Ya po, Chile: Ríe chinito

ríe en la noche y achina los ojos morochos más lindos que vi. luego yo intuyo tus margaritas como si mirara las mías en el el espejo y tu sonrisa llena el silencio de una larga noche en que tus manos duras no consiguen encender el fuego. y a este paso ninguna chaqueta se secará y, mañana, tendrás que dejarme tú alguna que huela a saltos ágiles entre raíces, barro y gotas de agua… sube la montaña, mañana quizás bajará: ‘Confía en mí’

y parece que la noche es rara y que soy bonita y que mi energía es un desastre y que hablamos de volcanes y cascadas. bostezo.

llueve a cántaros y si me duermo me da rabia, por el placer de taparme hasta la cabeza para sentir el calor del nido. que dos días pasan en nada, me repito, medio incómoda y a escondias.

y me roza la rodilla sin querer(lo evitar) cuando mete quinta y al reír, la tenue luz de las cortas medio fundidas le marca los claroscuros de las mejillas y me da risa pensar que, otra vez, en dos días desaparició cualquier rastro de cicatriz del sur.

y me gusta de verdad, creo, pero se que será cosa del tiempo y del camino y que aprendré a desprender porque la vida va un poco de esto, y que ríe chinito, se rie y yo lloro porque el chino ríe sin mí. bueno, intento que no y digo que lo estoy consiguiendo.

Ya po, Chile: flaca

yo era muy fan de la estufa de queroseno, porque era el único espacio donde se me calentaban los pies, helados por el ambiente frío de la cabaña. bueno, en realidad, me daba un poco de rabia, porque justo enfrente teníamos una estufa de leña apagada, que hubiese calentado mucho más: mis pies, mi nariz y todo el espacio en general. y porque, además, me gusta bastante el ruido de la leña crujiendo entre llamas. y, sobretodo, también me gusta bastante que me toquen el pelo suavemente mientras miro sin mirar las partículas de polvo que flotan en el aire y suena en aleatorio andrés calamaro.

pero lo que más me gustó fue la soledad del salón, mientras escribía cosas sin sentido en boli rojo, con la cabeza lejos y la luz verde latiendo rápido. quizás por una sonrisa con los ojos o quizás por un tatuaje feo que todavía no conocía.

Ya po, Chile: Despídete

 

Nos avisó el jefe, nada más despegar de Santiago, que era más que probable que, pasando por encima de los Andes, el avión empezara a temblar. Ya de vuelta, pensé que las turbulencias eran necesarias para darse cuenta que una está volando. Con el constante ruido del motor, al que tus oídos se acostumbran, y  la firme estabilidad de nuestros pies en la moqueta asquerosa de un avión viejo, una podría olvidarse que camina, duerme o mea a miles de metros sobre el suelo. Incluso miles de metros sobre el punto más alto de los Andes nevados, que no es poco.

Muchas veces me da por pensar que la fluidez y la naturalidad con que todo ha sucedido puede llegar a dar algo de sombra a lo extraordinario que es todo. Y, de repente, pasaban cosas: pequeñas turbulencias en ese vuelo plácido que nos recuerdan que, en realidad, volar es algo muy loco y que no siempre puedes mirar por la ventanilla sin que el meneo general te haga pegarte un cabezazo contra el cristal.

Seguramente, ya ni podría numerar la mayoría de mis turbulencias en el viaje: la mente es medio traicionera y sólo quiere que recuerdes lo bueno. Pero entre los momentos complejos que sí recuerdo, guardo cada una de las despedidas: conocer gente supone, en parte, saber dejar atrás. “¿Tanto te cuesta soltar?” me preguntó una noche Francisco. “Creo que lo que me cuesta es soltarme”, respondí. Y la verdad, no lo se. Recuerdo, también, ese día en que alguien me dijo que “Desapego es libertad”. Y odio esta palabra: el desapego. Porque yo no lo controlo y, a veces, es el apego quien me controla a mí.

Me fui de Chile después de veinte mil abrazos con Berta en que mi estómago, mi corazón y mi mente no sabían muy bien si reír o llorar o ambas a la vez. Me fui de cada uno de los lugares dejando un vacío – eso nos lo contaban, yo no estoy muy segura de eso – y llevándome un vacío – de eso sí estoy segura. Y le preguntaba a Berta “¿Cómo te acostumbras a eso? A conocer, a dejar ir, a irte sabiendo que probablemente JAMÁS volverás a verlos…” Ella reía y no me daba demasiada orientación en ese sentido: “agradezco haberlos cruzado en el camino y poco más”. Quizás eso sí me daba algo calma.

Ese “jamás” es mi turbulencia: primero la vivía con un miedo paralizante, ahora la vivo e intento cerrar los ojos y dejando que me invada de la mejor manera, sintiéndola, respirando y dejándome fluir. Pero siempre he sido una gran teórica, siempre he sido una mediocre practicante. Ese pinchazo en la boca del estómago cada vez que el avión se mueve bruscamente, ese pinchazo en la boca del estómago después de cada último abrazo, cada último beso, cada última sonrisa, cada última mirada, me demuestran que volar sigue siendo muy loco. Y que para ver los Andes desde arriba hay que poner en juego tus vértigos, tus miedos, tu cuerpo y tu corazón.

GRACIAS

Ya po, Chile: el arenal

el pacífic té un nom una mica nyec. no sé qui el va triar. el que sí que sé és que jo el vaig conèixer no fa pas gaire i em desperta tendresa: és esquerp, mig violent, amb forta convicció en les seves onades, morrut i decidit. però també tenia una llum especial i murmurava, en el fons, una música dolça, en el frec de l’aigua acariciant la sorra fina i blanca. he vist el pacífic picar fort, enfadat contra les roques, però també ha mullat les meves botes amb el balanceig de qui estima però no sap gaire com. i m’adono, de cop, que estic descrivint l’Ares, que també es immensa i descobreixo que, segurament per això, el pacífic em desperta aquesta tendresa.

nosaltres intentàvem creuar un riu en el tram final abans de morir a l’oceà, que ens havien dit que era tranquil i poc cabdalós, res més lluny de la realitat. descalces i congelades. i van aparèixer, com un gol en el temps de descompte, el pablo i la micaela amb un cotxe atrotinat que amb prou feines podia amb les dunes de la platja deserta. “que hacen, locas” diu ella amb un accent inconfusiblement argentí. i ens tornen pel camí fàcil i, com qui no vol la cosa, ens conviden a anar amb ells fins que ens en cansem. i arribem a un lloc de sorpresa i d’imprevist i caminem, caminem, caminem en la nostra primera amistat xilena amb el fang i l’aigua i, de sobte, el silenci.

és broma, no?

podria fer mil fotos, però seria impossible de relatar. el verd és increïble, el blau pren un to gris molt estrany que es fusiona amb el cel, el mar crea núvols blancs dins l’aigua i tot és molt gran. tot és enorme. tot és massa perquè em càpiga al pit, al cor, als pulmons.

no hi ha pràcticament ningú però es respira la vida en cada bri d’aire que entra dins meu i tinc com ganes de plorar. la vida, la vida.

i, com que tot té el seu moment, sona com de fons una cançó (ex)desconeguda mentre estem estirades pensant en com ens hauria anat el dia sense els argentins i com no hauríem arribat mai aquí i ens partim el puto cul, com cada dos minuts, perquè l’univers va posant ordre en la successió de les coses i la berta ja no flipa tant, però jo sí. i en aquell moment m’adono que el meu cap està mig buit i que encara sort, perquè si no, no es podria omplir de totes les coses sense urgència ni importància que vindran, però que són imprescindibles per entendre aquesta vida tan xaxi que tenim.

‘la brisa que para el reloj, que pone calma al corazón’

Ya po, Chile: Volar

Siempre me hacen sentir pequeña los aeropuertos. Siempre me hacen sentir pequeña, pero con la familiar pequeñez de quien ama sentirse arropado por el anonimato y sus brazos agigantados y frios.

Observo, miro a mi alrededor. Amo, también, la sensación de poder crear y destruir los caminos de la gente que me rodea, sólo en mi mente y por unos minutos. Imagino quién son y dónde van y es maravilloso.

Igual de maravilloso que el Roaming, que me deja connectar las 3 horas que me tienen secuestrada en Roma, como retrocediendo para tomar carrerilla hasta Santiago. Pienso tanto, que creo que me estalla la mente. Nada nuevo, en realidad.

Escribo y pienso qué debe esperar allí en los proximos días. Ni me lo imagino, ni por asomo.

Supongo que es absurdo, pero la semana siguiente repartirían temas en OT y cantarían lo de volar sin alas. Y con Berta la tararearíamos sin saber muy bien la letra día tras día y reiríamos porque es la enésima canción que cantamos sin saber muy bien la letra.

Y si pienso fuerte y profundo mientras levanta el vuelo esta bestia de avion, no se me ocurre mejor manera de volar que la que es sin alas. Sin motor y, racionalmente, sin levantar ni un pie del suelo. Por suerte, volamos de la forma más irracional: sintiendo un poco de aquí y de allá, sintiendo fuerte, haciendo caso al ombligo. Y, obvio, tomada de la mano de Ella: acompañante, optimista, vital. Y amiga.