normal

Normal es lo contrario de bien. Normal es, también, lo contrario de mal.

Normal es la fuerza de la indiferencia. Esa palabra que no deja margen a comparaciones, a euforias o a tristezas. Normal no deja margen a que cuentes más: es un clamo a la rutina y a lo ordinario. A lo que arrastramos, día a día, sin más entusiasmo que eso: empujar para que nada se salga de los márgenes de nuestras reglas; escritas por nosotros mismos, cumplidas por nosotras mismas.

KM tiene los ojos chiquitos de por sí, pero puedes leer su grado de embriaguez por la apertura de ellos. Si consigues verle las pupilas, con un poco de suerte, la conversación tendrá algo de sentido. Si, por lo contrario, se dibujan dos líneas finitas bajo sus cejas oscuras, sólo reirá, te contagiará su risa estúpida y tendrás un poco de suerte si tu olfato es tan malo como el mío y apenas hueles a eructos de tinto don Simón y a brisa con olor a meado.

Quién sabe que almacena en su equipaje: de lo poco que lleva en su mochila roñosa y lo mucho que carga sobre sus hombros. Viene de allá donde la vida vale menos que una pizca de coltán y cuesta entender cómo ha llegado hasta aquí. No porqué el viaje haya sido largo y duro. Que supongo que sí.

– ¿Qué tal?
– Pues normal

Y así, siempre. Cada puto día de su vida está normal.

Normal es la fuerza de TU indiferencia: ¿a quién le importa SU respuesta? Normal que huye de respuestas, que huye de preguntas. Normal que huye del ego de quién pregunta, indagando en su miseria, pero profundiza en el YO: normal que sólo él sabe qué coño es. Normal que se aferra a una zona de confort donde ya no quiere más aventura: miente descaradamente, lo sabe y sabe que lo sabemos, pero en la mentira sigue normal.

Tose fuerte: de pecho, de mocos, de cuello. “Cuídate, hombre” se nos escapa en un instinto de fingir que nos importa. Pero en su normal también está su absoluta libertad de no cuidarse y de que no tenga más consecuencias que su vida; y que si se muere no le importará a nadie porque, antes, su vida costaba menos que una pizca de coltán y, ahora, su vida cuesta menos que la lata de Steinburg caliente que aguarda a medias en ese rincón oculto que sólo él sabe.

Normal que se escribe con n de negro y con n de nadie.

de melilla a almería: no soy racista (PERO)

– Eres un poco rara. No en plan mal. Digo que para ser piel pálida, quizás eres menos racista de lo que pensaba.

Era de noche y salíamos de Roquetas, camino Almería. Quizás en otro momento te habría creído, pero no entonces: me había dado cuenta en demasiadas ocasiones que el tema del racismo no era ajeno a mí. Que mi vida se encontraba demasiadas veces frente al racismo, día tras día. Y no como observadora externa, pues era agente activo, ente pensante, mente inevitablemente racista.

Muchas veces me preguntaba el por qué de las actitudes machistas por parte de personas que yo consideraba próximas a mí, informadas sobre el tema, consecuentes en sus ideales… Y, en esta ocasión, se me arrojaban miles y miles de respuestas: si yo, con mis experiencias, mis vivencias y mis conocimientos no conseguía alejarme del racismo, de las actitudes abiertamente discriminadoras y de los pensamientos que beben puramente de los estereotipos y las etiquetas, ¿cómo lo iban a hacer las personas que no habían conocido como yo, esa realidad tan cercana?

Entonces entendí que, de la misma forma que yo me sentí allí, atrapada en medio de una realidad racializada sin poder librarme de algunas concepciones que seguían escondidas muy en el fondo de mi universo, hay demasiadas personas que no consiguen ponerse, por un momento del lado de aquellas que, todavía, siguen en una posición de opresión.

Y ahora digo…

…yo, la antirracista, que, cuando se me escapaba el ferry, agradecí la actitud racista de la mujer en taquilla, que prefirió atenderme a mí, mujer blanca con pasaporte granate, que a tres hombres que estaban delante mío con pasaporte verde, al grito maleducado de “¡se han colado, primero estaba ella!”. Y asentí, y conseguí mi pase. Ellos no.

…yo, la antirracista, que subí al ferry y, ante la imagen de dos magrebíes discutiendo acaloradamente pensé muy flojito “joder, todos los moros igual, siempre al lío”. Y luego ante la actitud tajante y (pseudo)violenta del segurata pensé más flojito todavía “debe estar hasta los cojones”. Y mi voz racional me dijo “oye, pues quizás no, quizás imbéciles hay en todos lados, quizás el más imbécil ahí era el segurata o quizás no, o quizás se encontraron dos personas de sangre caliente, que anda que no hay encontronazos así entre españoles de pura cepa o entre catalanes antifascistas en situaciones de tensión”. Pero lo primero, ya lo había pensado.

…yo, la antirracista, que esperando en una cola para un control policial, se me acercó demasiado un hombre de aspecto árabe, cargado con dos bolsas y pensé “joder el puto hombre, ¿que no sabe que todos tenemos un espacio vital? Que no se me acerque tanto, hostia. Seguro que se quiere colar, joder con los moros”. No se coló, no me dijo nada, no me tocó: quizás simplemente su espacio vital era menos amplio que el mío, que, en verdad, tampoco es muy difícil.

…yo, la antirracista, que en el ferry estando pensé “menos mal que soy blanca, que soy mujer y que soy europea, menos mal que ante cualquier incidente – llámalo naufragio, llámalo atentado – seré la primera en ser rescatada por delante un ciudadano de cualquier país que esté dentro de los límites de Schengen o algo así”. (Y supongo que nunca nadie ha pensando en el tema atentado en un medio de transporte lleno de musulmanes. Nadie.)

…yo, la antirracista, que cuando me sentí sola cargué contra los africanos que siempre van a su rollo, que por mucha nacionalidad y mucho pasaporte español que tengan, la esencia negra siempre está allí. Cargué, por mis adentros, contra ese andar sobre la marcha, contra ese vivir el momento, contra ese tomárselo todo a la ligera: ¡malditos africanos y su naturaleza! Porque… ¿no será ESA persona en ESE determinado momento? Nada, mejor cagarse en todas las personas nacidas en un continente entero: más fácil, más aliviador para mi espíritu.

…yo, la antirracista, que odié el clima y la vivencia de hermandad, de comunidad, de ayuda mutua que me demostraron los africanos, simplemente porque mi modo de vida, mi forma de existir no congeniaba con eso en ese determinado momento. Yo que grité y lloré, por puro egoísmo y pura falta de atención a mi persona, porque él, negro, no prestó toda la atención que yo creía que necesitaba o merecía.

Y luego me pregunto por qué hay todavía personas machistas que se creen según qué discurso, que no ven que la lucha feminista está en el primer punto del orden del día y que las mujeres vivimos oprimidas en el día a día. Luego me pregunto por qué los hombres no deben encabezar y/o participar en la cara visible de las acciones y las luchas feministas, por qué nos encontramos en medio de acciones no mixtas, en las cuales sólo el oprimido lidera la lucha. 

Pues mierda.

Hoy me he visto en ese lado opresor. Hoy me he sentido opresora. Hoy he visto la lucha de la minoría situada entre la mayoría. Y veo, sin duda, que estamos día a día acusando, perpetuando etiquetas, quejándonos de lo personal como si fuera colectivo, echando mierda sobre uno con la excusa que es lo de todos, interpretando símbolos culturales como amenazas a nuestra existencia blanca y privilegiada. Hoy vi que podemos estar allí, apoyando y trabajando en nuestros esquemas mentales pero que, aun con eso, nuestro esquema racista está tan arraigado por dentro y por fuera, que cuesta infinito luchar de forma efectiva contra eso des de nuestras pieles.

Hoy votaré. En clave feminista, como mujer que vivo en este sistema heteropatriarcal de mierda, donde se me oprime: a mí, a mi hermana, a mi madre, a mi amiga y a todas las personas con quién comparto este barco.

Pero hoy también votaré, en clave antirracista, como persona que ha estado educada en un sistema racista y xenófobo, en el que me incluyo, mucho a mi pesar, donde no es suficiente decir “no soy racista porque tengo un amigo negro”: tengo, tenemos romper con esos moldes instalados en nuestras mentes que todavía nos permiten pensar que los moros esto, los negros eso y los asiáticos lo otro.

¡Vamos allá!

 

Rostros de Ceuta: desde Bélgica

Miraba el DNI. Ni siquiera un pasaporte, algo internacional que dejara margen a la intuición de alguna frontera.

No las hay.

Para mí: blanca y europea. Circulo sin problemas, cargo mi bolsa y nadie se preocupa por saber qué hay dentro.

Y ya. Sin màs.

Rostros de Ceuta: te escribiré en catalán

Le recuerdo especialmente por su peculiaridad física. Los ojos juntitos, el cuerpo redondito. Jersey de lana y la mochila a cuestas. Me sorprendía cómo no dejaban nunca las mochilas: ni para bailar, ni para escribir, ni siquiera para comer. Me sorprendía hasta que pensé que, quizás, eso era todo lo que tenían.

Una libreta. Era alumno aplicado. Líneas y líneas en bolígrafo azul.

Bailaba sutil, pero se notaba que llevaba el ritmo en el cuerpo. Movía sus pies discretamente, como en segundo plano. Él lo sentía así, supongo. También le recuerdo por su peculiar actitud: educado, reservado, la palabra justa, el gesto adecuado.

La libreta. La abrió y se sumergió entre líneas y líneas de bolígrafo azul.

Me miró y recuerdo tanto esa mirada que en el lienzo de mis pensamientos ando dibujándola continuamente. Me dijo que me daría algo, que era sorpresa. Arrancó una página en blanco del cuaderno. Y volvió a las andadas. Página adelante, página atrás.

Cubrió con las manos lo que estaba escribiendo, como enfatizando el secreto que guardaba su regalo. No paraba de mirar de reojo y se burlaba de mí escondiéndolo todavía más.

“Catalán” me dijo, guiñándome el ojo. Me reí por dentro. “Catalán” pensé, por mi misma. Y me pasó el papel doblado.

Abrí.

Y ¿sabéis qué?

Había escrito “LA NOSTRA CASA ÉS EL MÓN” .

Así, con los acentos y todo.

Así, con la caligrafía ordenadamente forzada de alguien que trabaja duro para escribir cada letra.

Así, con la naturalidad de quién sabe que, para mí, esa frase es mucho más de lo que nunca creerá.

 

Rostros de Ceuta: nacer juntos, vivir separados

Nos contaba A. cómo cruzó la frontera, como travesó la valla. Sin demasiados detalles: su mirada hablaba sola y la simplicidad de sus palabras valía.

Su suerte de correr hacia delante, su desgracia de dejar atrás aquél con quien nació y creció.

Se me erizaba la piel de pensar que dos almas que han compartido útero estén separadas. Tan lejos, que hasta les separa una frontera; tan cerca que sólo les separa una valla.

—–

Y ayer la miraba a ella, pensando en lo feliz que me hace crecer a su lado, con el sabor amargo del testimonio de A. De pensar qué sería de mi vida si la tuviera lejos. Tan lejos, tan lejos que ni mi pasaporte rojo sería válido para – quizás – volverla a ver.

Rostros de Ceuta: sueños y no-sueños.

Reía, reía y reía. Hablaba un español atropellado y volvía a reír. Repetía las cosas vocalizando para que lo entendiéramos y reía él solo cuando se hacía gracia. Yo no, porque no le entendía la mayoría de veces. Quería enseñarnos donde vivía, pero nunca usaba el término casa.

No sé cuantos años debe tener. Él decía diecisiete, pero habría podido tener quince. Año más, año menos, ¿que más da cuando no eres nadie? Reía con la mochila puesta, reía con todo lo que tenía encima de su espalda. Literal y figuradamente.

Ayudaba en la iglesia, a los pies de la Virgen de África. Decían que le había ayudado mucho. Y él, incansable, volvía a reír.

De día, soñaba en salir, en ir a la península y estudiar electricidad. Ese era su sueño, que repetía y repetía. De noche dormía, sin esos sueños, sólo con la tranquilidad que le prestaba eso y lo otro y lo otro. “¿Vodka? ¿Vodka?” preguntaba riendo, mientras bebía una botella imaginaria y simulaba que le hacía dormir como un bebé.

¿Cómo va a soñar dormido con todo lo vivido; cómo no va a soñar despierto con todo el exceso de realidad que llena su equipaje?

Y bailaba, bailaba, bailaba. ¡Que armonía de cuerpo al compás de los bajos exagerados del trap, en una conjunción casi robótica con M! Y conmigo se enfadaba, porque no tengo ni idea de bailar. Lo llevo con dignidad, pero, como no, se reía y se reía de mi poca gracia de blanca-palo.

¿Que si nos volveremos a ver? Seguramente no. Seguramente nunca. Hablo de desapego para (auto)convencerme, como siempre. La verdad es que me duele en el alma su vida, sus diecisiete años de verdad o de mentira. Su risa, la de verdad y la de mentira. Su amor, el que da y el que merece. Sus no-papeles, su ilegalidad.

Y, sobretodo, sus sueños y sus no-sueños.

Rostros de Ceuta. Preámbulo

Volaba con ese vacío existencial habitual de cada vez que me marcho. Era menos profundo, tenía más sentido. El aeropuerto lleno, el pasaporte rojo nuevo a estrenar – literalmente – en mi mochila, la libreta que me había comprado en ese tiempo entre tren y avión en mi mesa. Páginas en blanco, en blanco, en blanco. Había treinta y seis, ni una más, ni una menos. Pensé que tardaría poco en llenarlas.

Volaba mirando por la ventanilla, resiguiendo toda la costa mediterránea con la mirada y con el corazón. Esperaba el plástico con la ansiedad de quien conoció el sentir de una droga y quiere volver a saborearla. Mejillas rojas, frente pegada al cristal, oídos taponados.

El golpe del tren de aterrizaje en el suelo grita que ya estamos allí. El aeropuerto, llego, nadie esperando. Yo sí espero: llevo horas esperando. El tren, el metro, el avión… El taxista se ríe de mi cara y me cobra mogollón para llevarme al albergue. Suspiro, pago sin rechistar. Gente, gente y gente. La Semana Santa de Málaga no responde a mis sentimientos pascuales.

La sonrisa del chico del albergue me calma.

Las literas están vacías. Parece ocasión ideal para trasnochar. Duermo. Poquito, me despierto en cada hora deseando que sonara el despertador de una vez.

Duermo hasta Algeciras, aunque piloto y copiloto son encantadores. Subo al ferry con la extraña sensación que ya nos conocemos. María sonríe y no olvido la primera vez que cruzamos miradas. Lleva mi saco, carga un saco de dormir para mí. Me siento con Juan, que parece conocer la zona. En seguida me cambio para ver por la ventanilla. Sale el sol, poco a poco.

Pienso que ese barco debe ser lo que les prometen: sillones, baños, luz, agua, bar… todas las comodidades para cruzar el estrecho. También me invaden las contradicciones: si todo el mundo cruza dirección España, qué mierdas hago en sentido contrario? Por qué? Amanece y pienso en todos los que yacen en la oscuridad del fondo del mar debajo nuestro. Rolando y Maite nos escriben. Tomamos alguna foto. Llegamos y el sol cálido recién salido nos da la bienvenida junto a la Virgen de África. Sencilla, serena y triste, esperanzada. Como un presagio de lo que vendrá.

Me siento bien: allí es donde tengo que estar. Con las historias, con los contextos, con las contradicciones, con las mochilas.

Suena “Tant de bo” de Txarango una vez más. Sí, el viaje había sido suficientemente largo para que el equipaje fuera más ligero. Tan cerca, tan lejos. Y de allí, estallar la vida.