Mi desequilibrio con el desequilibrado. PARTE TRES

Y ya fue, y ya se cierra el círculo. Vuelvo a una situación de quietud incomoda en medio del balancín, para que no se vaya para ningún lado. Lo que yo llamo el equilibrio, vaya: un lugar finito en el espacio y en el tiempo, donde intentas que nada se vaya a la mierda, excepto tu maldita vida.

Mi desequilibrio con el desequilibrado se evaporó como el agua del arroz que, a la que te descuidas dos segundos y medio, sube con la espuma y se cae sobre la vitrocerámica; estalla con un ruido estrepitoso al chocar con la superficie caliente y bomba de humo. Y si te he visto no me acuerdo.

En fin, que hasta nuevo aviso ando aburrida y estable, y mi gran entretenimiento es mirar mal a la mujer que vive conmigo cuando me dice que soy un caos.

THE END.

Mi desequilibrio con el desequilibrado. PARTE DOS

El caso es que, cuando estás en la pubertad, todo lo raro te da risa. En realidad no da risa, te ríes como diciendo “ése lo tiene más jodido que yo”, ahí uniéndote a la masa de gente que sobrevive a unas jerarquías invisibles que nadie sabe de dónde surgen, pero que todo el mundo respeta.

Pero, precisamente, lo raro es lo único que sobrevive a la vocación indudable del adolescente de ser igual que los demás, de no salirse del patrón. Y, aun que haya alguno que vaya como de auténtico por la vida, la realidad es que sólo suelen ser auténticos los bichos raros. Nos gusta ser diferentes, únicos, pero no marginados, así que nos limitamos a comentar de forma explícita lo interesantemente peculiares que somos, pero sin pasarnos en lo implícito, no vaya a ser que nos quedemos fuera de las normas y las convenciones sociales. Que luego apáñate tu solita con tu hormonas.

Luego te haces un poco mayor, o algo así, y un día te encuentras de fiesta ese chico que se sentaba en un rincón en clase. Del que todo el mundo hacía como que era una silla más. Del que la gente se reía con lo pasivo que era ante la maravillosa vida a los dieciséis. En realidad, ahora es igualito que antes, pero tu te crees que ya eres algo más madura y te viene a la mente el consejo de Manel, que cantaba decididamente que los guapos son los raros, ya por aquel entonces. Y piensas que nosotras ya la cantábamos también, pero sin pasarse con la convicción de las palabras.

En ese momento te das cuenta que, acostumbrada a lo normal cada puto día de la vida, lo raro ya no da tanta risa: ahora es atractivo, moderno, estimulante, gracioso, hipnótico. Y tu eres imbécil, vaya. Y el equilibrio del universo o de la vida o del día a día está bien, pero el desequilibrado ese te da como un noséqué que, pensándolo fríamente, este puto caos no lo arregla ni la Marie Kondo.

Mi desequilibrio con el desequilibrado. PARTE UNO

Tengo tanto equilibrio que, a veces, no me sostengo en pie y me tropiezo con mi sombra sin ningún gintonic en el cuerpo. A veces ando por la calle siguiendo líneas imaginarias, de las que sólo existen en mi cabeza, y, aun así, me caigo de ellas. Pero emocionalmente, sí tengo equilibrio.

Bueno, a veces no, porque me da el pronto y me obsesiono, río, lloro, grito, me encierro en mi cueva y salgo a ver el sol en cuestión de minutos. Y luego me río otra vez porque lo del equilibrio está sobrevalorado y me doy risa.

Lo que pasa es que, habitualmente, me relaciono con gente estable y racional, que para dramaQueen en mi vida, pues ya estoy yo. Y eso me limita un poco cuando quiero montar un pitote. Un poco, dije.

Pero a veces se me cruza por delante en la vida gente todavía más desequilibrada que yo, gente que ni me frena, ni me anima,  ni me cuida, ni me jode y empieza a orbitar cual satélite natural alrededor de mi cabeza, por los siglos de los siglos amén.