Plorar les morts anònimes

Exactament, no sé com vaig fer cap a Arrels – Sant Ignasi ja deu fer cinc o sis anys. Culpa de l’Ares, suposo. Vaig ser-hi de forma intermitent, d’aquella manera que no m’agrada estar als llocs durant tres o quatre anys. Hi féiem taller de cuina. Ja pots comptar. Però què més donava? M’hi sentia estranyament a gust. I allà vaig conèixer persones que les passaven putes, però putes de debò i eren a la nostra ciutat, als nostres barris, als nostres carrers. I recordo cadascun dels rostres i noms d’elles i ells. Dels que venien setmana rere setmana, dels que esporàdicament es despenjaven. Dels que un dia deixaven de venir i no gosava preguntar-ne el per què.

Paradoxalment, malgrat les escasses hores que hi dedicava, guardo dins del cap i dins del cor alguns moments molt concrets, amb una nitidesa que encara em sorprèn.  Un d’ells és el dia que vaig conèixer-lo. Era el dia que entrava al pis. “Si s’escapa, no és culpa teva, és la seva decisió” li havien dit a la persona que l’anava a buscar. Allà vam coincidir per primer cop. Malgrat tot, recordo pensar que somreia bonic.

Jo amb l’Eduardo no vaig passar molt de temps. Vam compartir un curs, encara no: menys de nou mesos. No parava mai, no callava mai. Reia i somreia (bonic) i explicava les seves misèries i les seves victòries. I es posava amb mi per sobre de les seves possibilitats i jo em posava vermella com un pebrot i ell se’n reia de nou. Un dia em va convidar a sopar al pis i vaig declinar la invitació perquè devia tenir alguna cosa més urgent. Sempre passa per davant de lo important, eh?

Ja farà un any que no hem coincidit. Per Sant Jordi passat me’l vaig trobar i em va regalar una rosa de paper de les que tenien a la paradeta. I jo, que em vaig posar molt roja; i ell que se’n va riure de mi, molt, però a mi ja m’estava bé.

Ahir llegia incrèdula que havies marxat i no sabia exactament on. Ahir, en posar-me al llit, no podia evitar fer mil hipòtesis sobre què t’havia portat a allò i li demanava a qui fos per dalt que, quan arribessis, t’obrís els braços, t’abracés ben fort i et digués que t’estimava. Ahir mirant al sostre, em va inundar una tristesa de no saber-te aquí, de veure’t partir sol en una habitació buida, de la indiferència d’un món que sembla haver-te girat l’esquena fa dies.

Últimament em costa entendre massa coses.

Descansa en pau, company.

 

Rostros de Ceuta: te escribiré en catalán

Le recuerdo especialmente por su peculiaridad física. Los ojos juntitos, el cuerpo redondito. Jersey de lana y la mochila a cuestas. Me sorprendía cómo no dejaban nunca las mochilas: ni para bailar, ni para escribir, ni siquiera para comer. Me sorprendía hasta que pensé que, quizás, eso era todo lo que tenían.

Una libreta. Era alumno aplicado. Líneas y líneas en bolígrafo azul.

Bailaba sutil, pero se notaba que llevaba el ritmo en el cuerpo. Movía sus pies discretamente, como en segundo plano. Él lo sentía así, supongo. También le recuerdo por su peculiar actitud: educado, reservado, la palabra justa, el gesto adecuado.

La libreta. La abrió y se sumergió entre líneas y líneas de bolígrafo azul.

Me miró y recuerdo tanto esa mirada que en el lienzo de mis pensamientos ando dibujándola continuamente. Me dijo que me daría algo, que era sorpresa. Arrancó una página en blanco del cuaderno. Y volvió a las andadas. Página adelante, página atrás.

Cubrió con las manos lo que estaba escribiendo, como enfatizando el secreto que guardaba su regalo. No paraba de mirar de reojo y se burlaba de mí escondiéndolo todavía más.

“Catalán” me dijo, guiñándome el ojo. Me reí por dentro. “Catalán” pensé, por mi misma. Y me pasó el papel doblado.

Abrí.

Y ¿sabéis qué?

Había escrito “LA NOSTRA CASA ÉS EL MÓN” .

Así, con los acentos y todo.

Así, con la caligrafía ordenadamente forzada de alguien que trabaja duro para escribir cada letra.

Así, con la naturalidad de quién sabe que, para mí, esa frase es mucho más de lo que nunca creerá.

 

Rostros de Ceuta: nacer juntos, vivir separados

Nos contaba A. cómo cruzó la frontera, como travesó la valla. Sin demasiados detalles: su mirada hablaba sola y la simplicidad de sus palabras valía.

Su suerte de correr hacia delante, su desgracia de dejar atrás aquél con quien nació y creció.

Se me erizaba la piel de pensar que dos almas que han compartido útero estén separadas. Tan lejos, que hasta les separa una frontera; tan cerca que sólo les separa una valla.

—–

Y ayer la miraba a ella, pensando en lo feliz que me hace crecer a su lado, con el sabor amargo del testimonio de A. De pensar qué sería de mi vida si la tuviera lejos. Tan lejos, tan lejos que ni mi pasaporte rojo sería válido para – quizás – volverla a ver.

Rostros de Ceuta: sueños y no-sueños.

Reía, reía y reía. Hablaba un español atropellado y volvía a reír. Repetía las cosas vocalizando para que lo entendiéramos y reía él solo cuando se hacía gracia. Yo no, porque no le entendía la mayoría de veces. Quería enseñarnos donde vivía, pero nunca usaba el término casa.

No sé cuantos años debe tener. Él decía diecisiete, pero habría podido tener quince. Año más, año menos, ¿que más da cuando no eres nadie? Reía con la mochila puesta, reía con todo lo que tenía encima de su espalda. Literal y figuradamente.

Ayudaba en la iglesia, a los pies de la Virgen de África. Decían que le había ayudado mucho. Y él, incansable, volvía a reír.

De día, soñaba en salir, en ir a la península y estudiar electricidad. Ese era su sueño, que repetía y repetía. De noche dormía, sin esos sueños, sólo con la tranquilidad que le prestaba eso y lo otro y lo otro. “¿Vodka? ¿Vodka?” preguntaba riendo, mientras bebía una botella imaginaria y simulaba que le hacía dormir como un bebé.

¿Cómo va a soñar dormido con todo lo vivido; cómo no va a soñar despierto con todo el exceso de realidad que llena su equipaje?

Y bailaba, bailaba, bailaba. ¡Que armonía de cuerpo al compás de los bajos exagerados del trap, en una conjunción casi robótica con M! Y conmigo se enfadaba, porque no tengo ni idea de bailar. Lo llevo con dignidad, pero, como no, se reía y se reía de mi poca gracia de blanca-palo.

¿Que si nos volveremos a ver? Seguramente no. Seguramente nunca. Hablo de desapego para (auto)convencerme, como siempre. La verdad es que me duele en el alma su vida, sus diecisiete años de verdad o de mentira. Su risa, la de verdad y la de mentira. Su amor, el que da y el que merece. Sus no-papeles, su ilegalidad.

Y, sobretodo, sus sueños y sus no-sueños.

Rostros de Ceuta. Preámbulo

Volaba con ese vacío existencial habitual de cada vez que me marcho. Era menos profundo, tenía más sentido. El aeropuerto lleno, el pasaporte rojo nuevo a estrenar – literalmente – en mi mochila, la libreta que me había comprado en ese tiempo entre tren y avión en mi mesa. Páginas en blanco, en blanco, en blanco. Había treinta y seis, ni una más, ni una menos. Pensé que tardaría poco en llenarlas.

Volaba mirando por la ventanilla, resiguiendo toda la costa mediterránea con la mirada y con el corazón. Esperaba el plástico con la ansiedad de quien conoció el sentir de una droga y quiere volver a saborearla. Mejillas rojas, frente pegada al cristal, oídos taponados.

El golpe del tren de aterrizaje en el suelo grita que ya estamos allí. El aeropuerto, llego, nadie esperando. Yo sí espero: llevo horas esperando. El tren, el metro, el avión… El taxista se ríe de mi cara y me cobra mogollón para llevarme al albergue. Suspiro, pago sin rechistar. Gente, gente y gente. La Semana Santa de Málaga no responde a mis sentimientos pascuales.

La sonrisa del chico del albergue me calma.

Las literas están vacías. Parece ocasión ideal para trasnochar. Duermo. Poquito, me despierto en cada hora deseando que sonara el despertador de una vez.

Duermo hasta Algeciras, aunque piloto y copiloto son encantadores. Subo al ferry con la extraña sensación que ya nos conocemos. María sonríe y no olvido la primera vez que cruzamos miradas. Lleva mi saco, carga un saco de dormir para mí. Me siento con Juan, que parece conocer la zona. En seguida me cambio para ver por la ventanilla. Sale el sol, poco a poco.

Pienso que ese barco debe ser lo que les prometen: sillones, baños, luz, agua, bar… todas las comodidades para cruzar el estrecho. También me invaden las contradicciones: si todo el mundo cruza dirección España, qué mierdas hago en sentido contrario? Por qué? Amanece y pienso en todos los que yacen en la oscuridad del fondo del mar debajo nuestro. Rolando y Maite nos escriben. Tomamos alguna foto. Llegamos y el sol cálido recién salido nos da la bienvenida junto a la Virgen de África. Sencilla, serena y triste, esperanzada. Como un presagio de lo que vendrá.

Me siento bien: allí es donde tengo que estar. Con las historias, con los contextos, con las contradicciones, con las mochilas.

Suena “Tant de bo” de Txarango una vez más. Sí, el viaje había sido suficientemente largo para que el equipaje fuera más ligero. Tan cerca, tan lejos. Y de allí, estallar la vida.