la mente se resiste a olvidar las cosas hermosas

 

[…]

No calculé el vacío ni las trampas con las que la nostalgia lavó el recuerdo para dejarlo reverberando como una joya deslumbrante, un diamante al que se le extrae el carbón que lo opaca. 

La mente se resiste a olvidar las cosas hermosas, se aferra a ellas y olvida todo lo doloroso, mágicamente anonada por la belleza. 

No recuerdo discursos contra mis débiles brazos guardando la exacta dimensión de tu cintura; recuerdo la suave, exacta, lúcida transparencia de tus manos. 

Escribí. Escribí poemas de amor y canciones desesperadas. Me deprimí tanto que hubo días en que no podía salir de la cama. Me atrevo a decir, si embargo, que esa crisis marcó el fin de un círculo completo de mi vida y que al hacerme tocar fondo me hizo tambien emerger con un conocimiento de mí misma que quizás no habría podido obtener de otra forma. 

Recuerdo los días terribles de sentarme al lado del teléfono resistiendo la tentación de marcar su número, oyendo los aguaceros torrenciales de la temporada de lluvias del trópico caer al otro lado de mi ventana. Recuerdo mi dormitorio, la ventana abierta y los cientos de hormigas voladoras revoloteando alrededor de la lámpara. La soledad y la angustia me consumían. 

No sabía estar sola. Me había arriesgado a las balas, a la muerte, traficado con armas, pronunciado discursos, ganado premios, tenido hijos, tantas cosas, pero no sabía cómo era la vida sin que la ocupara el pensamiento de un hombre, el amor de un hombre. No sabá quién era realmente yo sin la referencia de alguien que me nombrara y me hiciera existir con su amor. No iba a renegar de los hombres, pero ya no quería depender afectivamente de ellos o dotarles de un poder de vida o muerte sobre mí. Me obligué a mirar mi interior para descubrir sus vulnerabilidades: mi necesidad de amor como reflejo de una carencia esencial que asociaba en demasía mi poder femenino con la sexualidad, la seducción y pasaba por alto y hasta menospreciaba mis otros dones. Dones como la tenacidad, por ejemplo, el optimismo, la energía de que era capaz cuando un sueño me poseía, la fascinación que me inspiraba el entrelazado de las relaciones entre los seres humanos, y de ellos con la sociedad, la intuición para prever el efecto que tendría entre la gente aquella austeridad o aquel exceso. Ni siquiera había hecho plenamente mío el don con que se me daban las palabras. Lo asumía casi como una gracia infantil. Igual que andar en bicicleta y quitar las manos del manubrio para mostrarle a todos “miren aquí, puedo mantenerme derecha y sin apoyarme”. Comprendí que a mis hijos también los había amado cmo reflejos, sin salirme totalmente de mí misma. […] No quería seguir inventándome como quien dibuja una y otra vez figuras rojas y brillantes sobre la imagen del espejo. No era necesario. Nunca volvería a ser la niña modosa y bien portada de quien por tanto tiempo me había estado escapando. Ahora tenía que descender sobre mí misma; aceptarme, aprender a gozarme. “Hasta ahora, has amado como niña. Cuando amés, no por necesidad sino porque has entrado en posesión de tu libertad, entonces conocerás el amor adulto”. Eso me dijo Gisella, que era gitana, bruja, psicóloga, y que me tendió la mano con enorme generosidad cuando yo me debatía en crisis. A ella debo los saltos mortales que al fin me hicieron entrar en otra etapa de mi vida, la más fértil, en la que aprendí a gozar la populosa soledad de mis pensamientos y el olor frutal de mi experiencia, en la que logré ser buena compañía para mí misma

[…]

El país bajo mi piel, Gioconda Belli

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